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jueves, 15 de noviembre de 2018

Los siete magníficos

Hollywood magnífico

Jordi Revert
lunes, 08 de septiembre de 2008, 20:17

En una época en la que Hollywood se abocaba, en el principio de su fin, a una era de presupuestos incontrolados y grandes producciones desbordadas por la premisa de la magnificencia, John Sturges era una valiosa excepción que hizo de proyectos titánicos cine mayúsculo, películas enormes encabezadas por repartos estelares que no reñían con la calidad de las mismas. Buen ejemplo de ello es La Gran Evasión (The Great Escape, 1963), uno de los más maravillosos (y amargos) entretenimientos que ha regalado el cine, y buena prueba es también la película más taquillera de su carrera, esta Los siete magníficos (The magnificent seven, 1960) que aquí nos ocupa.

Sturges ya había demostrado sus habilidades en el terreno del western a lo largo de varios filmes entre los que destacaba Duelo de Titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957), una de las más celebradas versiones del famoso incidente en O.K. Corral. Con Los siete magníficos John Sturges no hizo sino refrendar su buen oficio tras la cámara con un proyecto de enormes pretensiones, desde su intención de adaptar una obra aparentemente intocable como era Los siete samuráis (Sichinin no samurai, Akira Kurosawa, 1954) hasta su rutilante reparto, compuesto de las más grandes estrellas de Hollywood. Sin embargo, demostró Sturges que aquello sí era una buena idea y que la narrativa de la película de Kurosawa se adaptaba perfectamente al contexto del oeste fronterizo, donde los siete jinetes deberían defender a un desamparado pueblo de granjeros de las atrocidades de un grupo de bandidos. Pero si algo hemos de destacar de la obra de Sturges es que Los siete magníficos no significaba tan solo una reconfiguración de la historia que se nos contaba, sino que se trataba de un producto eminentemente comercial, sí, pero también un producto  sumamente interesante atendiendo su enclave cinematográfico. Y es que no es difícil adivinar que Los siete magníficos está dejando atrás las coordenadas del western clásico y está allanando el camino hacia un western condicionado y finalmente determinado por una cierta tendencia del cierto europeo en general y del western italiano en particular. Prueba de ello es la tendencia a seguir de las tres secuelas, culminando estas en El desafío de los siete magníficos (The magnificent seven ride!, George McCowan, 1972), protagonizada por uno de los actores fetiches de Sergio Leone: Lee Van Cleef. Lo que son las cosas: Si Akira Kurosawa afirmaba haberse nutrido e inspirado de la obra de John Ford, John Sturges había realizado una película que adaptaba a Kurosawa, pero que poco tenía que ver con Ford. Cuatro años después, Leone secundaba a Sturges en adaptar al maestro japonés y hacía de Yojimbo (1961) una inconmensurable obra llamada Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964). Si esto no es un círculo perfecto, al menos es la perfecta prueba de la infinita retroalimentación y riqueza de influencias del western.

Así, Los siete magníficos supone un relato de aventuras delicioso, situado entre dos épocas bien distintas del género y prueba palpable de la universalidad de la historia de Kurosawa. La cinta de Sturges y Kurosawa difieren en la profundidad con la que sus personajes son inspeccionados, pero comparten un elevado ritmo de la narración que las hace del todo llevaderas, y el comportamiento y definición de sus siete protagonistas, como siete almas bien distintas que tanto representan a seres humanos de caracteres bien distintos como las distintas etapas en la vida del hombre (esto último se subraya si remarcamos la diferencia entre el impulsivo Chico [Horst Buchholz, en un descompensado equivalente con el brillante Toshirö Mifune de la original], joven y temerario, y el líder maduro y brillante estratega Chris Adams [Yul Brynner]). Sturges le imprimió a Los siete magníficos un ritmo tan endiablado que hace de ella una de esas obras que nunca se agotan a más visionados, y puso frente a la cámara a un reparto con el que era difícil fallar: Yul Brynner y Steve McQueen pasaban por ser dos de las más grandes estrellas de Hollywood, mientras que el talento de James Coburn o la eficacia de Charles Bronson para ejecutar tipos parcos e impasibles quedaban más que patentes. En el otro lado, Eli Wallach, el futuro Tucco de El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, Sergio Leone, 1966) ya demostraba su perfecto dominio en papeles de tipos despreciables como Calvera, jefe de la banda rival a la que se enfrentan los de Chris Evans. Todos ellos son partícipes de una historia épica, destinada a replantear al espectador la naturaleza del héroe, señalar en esa reformulación al hombre de a pie que nunca fue reconocido como tal, el campesino que desdeña la vida de pistolero para cultivar tierras y familia.

Pero lejos de estos planteamientos y de cualquier posición moral que se pueda inferir de Los siete magníficos, la película de John Sturges merece ser recordada como un entretenimiento sobresaliente, ejemplar modelo en el que se debieran mirar no pocas superproducciones plagadas de estrellas que acaban siendo meras comparsas del vacuo y rimbombante espectáculo. Los siete magníficos queda grabada como un inolvidable aventura a cargo de siete pistoleros que son las verdaderas almas de la historia y que reniegan del carácter solitario y egoísta de la figura clásica del vaquero para hacer un hueco a la humanidad y a la bondad del mismo. En la retina quedan las imágenes de los siete jinetes cabalgando en el desierto sabiéndose ya parte de la mitología cinematográfica mientras suena, triunfalmente, el inolvidable tema compuesto para la ocasión por el genial Elmer Berstein.

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