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martes, 12 de diciembre de 2017

Bogdanovich o el gran nostálgico

Jordi Revert
viernes, 12 de septiembre de 2008, 13:29



Corrían los últimos 60 y se auguraba la decadencia del clasicismo en el cine de Hollywood. Comenzaban a quedar atrás los antaño maestros como John Ford, Billy Wilder o Hitchcock. Las reivindicaciones de la Nouvelle Vague daban paso al nuevo cine checo, y Romero y Polanski aterrorizaban al público con zombis y posesiones satánicas mientras los estudiantes en Europa se lanzaban a las calles para perder la última batalla por un sueño roto desde entonces. El mítico productor Roger Corman (más de 300 películas en su haber) echaba cuentas tras la última de una serie de adaptaciones de novelas de Allan Poe con un Boris Karloff en decadencia como protagonista. Corman advirtió que Karloff le debía dos días de rodaje, deuda que el productor no estaba por la labor de perdonar. Pero lejos de coger él mismo la batuta de la dirección (dirigió casi medio centenar de películas en su carrera) decidió otorgarle la oportunidad de su vida a un joven crítico de cine llamado Peter Bogdanovich. Había leído uno de sus artículos en la revista Esquire y Corman ya intuía el talento del que a la postre sería uno de los grandes cronistas de Hollywood. Corman y Bogdanovich coincidieron en una proyección y el productor le ofreció a Karloff además de 20 minutos inéditos de El terror (The Terror, co-dirigida junto a Francis Ford Coppola y Jack Nicholson en 1963), otra adaptación de novela de Allan Poe que Corman había dirigido. Bogdanovich no vaciló ni un momento en aceptar.



Así fue como el crítico dio el salto a la dirección como una década antes lo habían hecho Truffaut, Godard o Chabrol. Lejos de realizar la nueva adaptación de novela de Poe que Corman pudiera esperar, Bogdanovich escribió el guión de El héroe anda suelto (Targets, 1968), la historia de un tranquilo joven de clase media (Tim O'Kelly) que de la noche a la mañana compra un rifle y deja un reguero de sangre y muerte que empieza por su propia familia. Un Karloff de 81 años se interpretaba a sí mismo no sin cierta dosis de sorna, dando vida a la antaño estrella de cine de terror Byron Orlok, ahora de capa caída y deseosa de abandonar el negocio. Dos personajes polarizados y sólo coincidentes en un final en el que el antiguo monstruo y villano en la pantalla (Karloff y Lugosi coparon los papeles de Drácula en los clásicos de terror de la Universal) se torna en el héroe que debe enfrentarse al auténtico monstruo, el que se oculta tras una pantalla de autocine* para ejecutar desde la distancia a tantos como le es posible antes de ser capturado. El argumento sumamente atractivo y rompedor de Targets supuso un impacto en el público que hizo de ella una celebrada opera prima. Sin embargo, Bogdanovich no era aquel director que esperaba su oportunidad para romper con todo lo inventado en el cine, sino al contrario, aprovechar la ocasión para demostrar su infinita admiración hacia el clasicismo de Hollywood en pleno proceso de extinción. Targets es una película apasionante que respira ese clasicismo y homenajea desde el primer momento al olvidado actor de terror Karloff y hace referencia directa o indirecta a algunos de los grandes directores por los que Bogdanovich siente auténtica devoción (en la película aparecen imágenes de Sed de mal, de Orson Welles, o Código Criminal de Howard Hawks, en la que también sale Karloff). Inspirada en los asesinatos que Charles Whitman había perpetrado dos años antes, Targets también se anunciaba como una mirada crítica y preocupante hacia una sociedad en la que el uso desmedido de las armas podía abrir una era de ira y violencia criminal.

Tres años después Bogdanovich estrenaba La última película (The last picture show, 1971). Como un mal augurio del título, se convirtió inmediatamente en su película más celebrada por crítica y público antes de iniciar en una caída libre en una filmografía que sólo pareció recuperarse con ¿Qué me pasa, doctor? (What's up, doc?, 1972) y Luna de papel (Paper Moon, 1973), deudoras eminentes de la comedia hawksiana. El talento de Bogdanovich había sorprendido en Targets, pero había explotado en La última película, un mosaico de historias mínimas que se convirtió en hito del cine los 70. Rodada en blanco y negro con la intención de que transpirara una mayor melancolía, La última película narra una historia de principio de los 50 en un diminuto pueblo de Texas donde todos sus habitantes conviven en el tedio más absoluto: los más viejos pasan el tiempo en la barra del bar farfullando que cualquier tiempo pasado fue mejor; los más jóvenes viven un despertar sexual de lo más angustioso, atrapados en una sociedad demasiado arcaica y cerrada como para poder sentir algún tipo de libertad. Sonny (Timothy Bottoms) y Duane (un jovencísimo Jeff Bridges) escapan de su duro entorno con lo único que merece la pena en el pueblo a parte de algún que otro billar: el cine. En el teatro Royal pasan tardes viendo los westerns y contemplando al imponente John Wayne cabalgar en Río Rojo (Red River, Howard Hawks, 1948). No importa que hayan visto ya la película: el cine es el último refugio para las emociones, aquel que ni siquiera sus frustrantes primeras veces con las chicas pueden darles (el acto sexual de Sonny con la señora Popper es demoledoramente aburrido y penoso). Como jóvenes que son, intentan rebelarse a esa monotonía con fiestas de año nuevo en las que bañarse desnudos en la piscina o citas clandestinas en motéeles de carretera, pero pronto cualquier signo de jovialidad se ahoga en la evidencia de la realidad de un pueblo que se desertiza al mismo ritmo que el alma de sus habitantes.



La última película es trágica y encoge el corazón, pero también es uno de los homenajes más bellos rendidos nunca al cine. Sin caer en sentimentalismos, el cierre definitivo del cine local acaba significando el último paso antes de que los jóvenes abandonen el pueblo conscientes de que caminar a ninguna parte siempre será mejor que quedarse allí. Paradójicamente, la escena más bella de la película es posiblemente la única dotada de cierto optimismo, y le pertenece a Ben Johnson (actor de las películas de Ford y Peckinpah que Bogdanovich recuperó para una actuación que le acabó valiendo el Oscar). Sam el león cuenta a sus dos jóvenes oyentes un idilio de juventud con una mujer del pueblo cuya identidad conoceremos más adelante. Durante el tiempo que dura su discurso, Ben Johnson mira al horizonte y pierde su mirada allí mientras narra el pasaje más feliz de su vida y los chicos escuchan fascinados. La escena simboliza la película y la nostalgia que la invade, la tristeza y la belleza haciéndose sinónimos en la obra maestra de Bogdanovich. Una maravilla dolorosamente trágica que en su conclusión deja un nudo en la garganta tras el iracundo alarido de Bottoms: ¡Estaba barriendo, hijos de puta!



*En algunos países sudamericanos llegó a estrenarse bajo el nefasto título de Cacería en el Autocinema.

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