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El levantamiento neorrealista de Rossellini

Roma, ciudad abierta

Jordi Revert
jueves, 18 de septiembre de 2008, 14:30

Roma, ciudad abierta es en sí el estandarte de la liberación del cine tras la II Guerra Mundial. En cuanto Roma fue liberada, Roberto Rossellini se pondría manos a la obra para narrar la ocupación y la represión del pueblo de Roma en clave de un realismo revisado. En 1945 Roma, ciudad abierta se convirtió en la primera gran película neorrealista, una soberbia obra que hoy no ha perdido vigencia alguna en su narración de una coral historia de supervivencia, de un puñado de héroes anónimos y unos cuantos traidores que interactúan en una Roma tomada por el nazismo. Como en posteriores obras neorrealistas (El ladrón de bicicletas), un niño asiste al horror de un mundo que todavía no comprende, clandestino en su mirada y en su condición social. Rossellini dispuso personajes magníficos, un mosaico en el que arrebata la empatía del espectador de una manera insospechada, haciéndole parte de la clandestinidad desde la que narra los horrores del nazismo, la barbarie justificada bajo un código ideológico de horrendas implicaciones y las consecuencias resultantes en la gente de a pie que sólo desea vivir sin cadenas ni condiciones. Prueba Roma, ciudad abierta que el neorrealismo es el perfecto vehículo para el retrato de esos héroes anónimos, y de paso, de las incoherencias muchas de un fascismo que queda en evidencia no por los comportamientos esperpénticos o demonizados de los nazis en sí, sino por las inferidas en el discurso de un capitán nazi que lanza la desafiante afirmación de que si el prisionero Manfredi (Marcello Pagliero) no habla, eso significaría que italianos y alemanes son iguales, lo cuál "es imposible".No hace falta adelantar que la brutal muerte de Manfredi tras horas de tortura denegara la absurda sentencia del capitán , sino que será uno de los oficiales presentes en el mismo salón el que reconozca que han llenado Europa de cadáveres. Y que de las tumbas, crecerá el odio.

El final de Roma, ciudad abierta es terrible, desesperanzador. Pero su vocación de cronista de la realidad reciente que sacudiera la sociedad italiana no podría concluirla de manera distinta. El sentimiento prevalente llegados los créditos, sin embargo, es el de la heoricidad no intencionada, la necesidad de los actos de unos personajes que de una manera u otra acaban ejecutados, pero que no reclaman título de mártir, sino el fin de otra ilusión: la ilusión atroz de la superioridad de una raza. Entre esos primeros héroes anónimos del neorrealismo se encuentran un puñado de inolvidables: amén del mencionado ingeniero Manfredi,la actuación de Aldo Fabrizi como el clérigo Don Pietro resulta magistral, intachable, como reveladora resulta la de Anna Magnani como Pina. Desenvuelven estos unas actuaciones capitales que son la cabeza visible de una sociedad oprimida en la que desde funcionarios a curas, desde niños a mayores, obreros o artistas muestran su valentía a costo del más alto riesgo o caen en el miedo, en el temor e incluso la traición a la que sigue el remordimiento necesariamente más mortal que la ejecución misma del héroe. El carácter coral de Roma, ciudad abierta, se construye desde un guión construido con Federico Fellini a la cabeza, quien ejecutara aquí su primer trabajo importante para un Rossellini al que había conocido en su coincidencia en la Alleanza Cinematografica Italiana (ACI), aún en tiempos del Duce. Fue la primera de las dos colaboraciones entre director y guionista, quien menos de una década después empezaría a perfilarse como el primer gran superador de un neorrealismo camino de un cine visionario, irrepetible. Pero primero fue Roma, ciudad abierta y su retrato atroz, conmovedor. Una vez más, retrato convencido y nunca mejor expresado de lo que el cine tantas veces disfrazó o narró con tintes más o menos oportunos: el rechazo frontal de doctrinas autoritaria y aberraciones que atentaron contra la humanidad. El fruto de la urgencia por registrar aquello que jamás deba ser olvidado para no ser repetido. Y el neorrealismo como la mejor de las herramientas para alcanzar dicho objetivo.

 

 

 
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